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Las historias que Leidy quiere contar

De lo vivido por la joven Leidy León Lecuna en el mes de septiembre en un «punto de amarillo», ubicado a la salida de la ciudad de Cienfuegos, es muy probable que salga el primer relato que decida contar. Ella atesora un montón de historias al pie de la carretera que, quizá, por comunes, o porque son sus propias vivencias, alguien las considere irrelevantes. Pero no lo son.

«Siempre me ha gustado escribir, y de alguna manera lo he hecho, por eso las cosas que he visto aquí me han dado la idea de ponerlas en un texto», confiesa la estudiante de 5to año de Estudios Socioculturales, en la Universidad de Cienfuegos "Carlos Rafael Rodríguez" (UCf).

La mueven las pasiones, así lo reconoció apenas encender la grabadora. «No hay mejor forma de hacer algo que apasionándote», dijo. Por eso escogió su carrera, decidió dedicar su tesis a la fotografía patrimonial, y con ese mismo fervor, aceptó colaborar en la fiscalización del transporte.

Ha sido testigo del egoísmo, pero también del amor y la bondad; igual tiene historias sobre la benevolencia de quien tiene poco, la fe y la perseverancia. Uno de los pasajes más sensibles para ella ocurrió en su primer día en el punto de recogida La Bayamesa, a la salida de la ciudad de Cienfuegos.

«Llegó una señora llena de bultos, anciana, cansada —me recordó a mi familia del campo, en el central Ciudad Caracas— y pidió cola para Trinidad, el más difícil de los destinos», expresó. Lo improbable de la buena ventura de aquella abuela causó risas, «entre lo complejo de la situación del transporte y lo difícil que es ir hasta Trinidad desde ahí, a todos les pareció que al otro día todavía estaría allí», comentó.

Pero hubo fe, suerte, y la conciencia de un chofer que solo diez minutos después acomodaba las mochilas y maletines de la señora en el maletero de su carro. De este caso en particular Leidy no conserva ni el nombre del conductor, ni la chapa del auto.

Pero, en su esquema de trabajo —desde ese momento— decidió reportar tanto los carros estatales que violan la obligación de parar, como los particulares y de renta que por voluntad propia comparten viaje con quien lo necesite. Solo el primer día, en su celular anotó unos diez vehículos de matrícula particular que detuvieron su paso en La Bayamesa. Hasta hoy la lista sigue creciendo.

«Sé que con los infractores están tomando medidas fuertes, pero los que han dado muestras de su solidaridad siguen en el anonimato. Nadie lo hace para que lo reconozcan, pero lo merecen; tal vez en el Comité de Defensa de la Revolución, o en el centro de trabajo. Así me parece a mí», insiste Leidy.

Casi un centenar de muchachos y muchachas de la UCf participaron voluntariamente en el monitoreo de los centros de trabajo en cuanto al consumo energético, y apoyaron la fiscalización del transporte. Aunque la institución ajustó la docencia a la modalidad semipresencial, en casa los pupilos fueron responsables de autoprepararse en contenidos que fueron indicados y que una vez a la semana los profesores chequearon.

«Nadie nos obligó, ni esta tarea se va a evaluar. Fue una convocatoria que realizó la Unión de Jóvenes Comunistas y los que quisimos dimos el paso al frente. Me siento muy satisfecha con lo que estoy haciendo», declaró Leidy, quien asistió diariamente a La Bayamesa hasta el mediodía.

Luego trabajó en el Centro Provincial del Libro como organizadora de la programación de las librerías, y el resto de las horas las dedicó a las guías de estudio, los seminarios y la tesis. Con esta tarea ha «aprendido el valor de perseverar, de no darnos por vencidos nunca. Ha sido difícil porque son muchas cosas, pero saber que ayudas y que estás aportando es muy gratificante».

 

Por Laura Brunet Portela, Tomado del Diario Digital Juventud Rebelde.

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