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Cuba, la cultura y la génesis

La cultura cubana está repartida a lo largo de la isla. Tiene forma de caimán, con dientes gigantes que siempre supieron defenderla. Se asemeja a las montañas, es verde, y negra, y roja, y azul, y por las tardes se recuesta a reposar sobre las nubes; luego bosteza, ampliamente, hasta que se duerme entre las luces de la luna.

Creció en estas tierras desde hace mucho tiempo, cuando indios semidesnudos jugaban a los dioses y los ritos. Se formó desde la génesis misma de la historia y fue evolucionando a la par del tiempo. Fue madurando en pasos pequeños: aprendió primero a gatear, después le salieron los dientes, caminó y dijo las primeras palabras.

El día que Colón plantó sus pies en el suelo insular, se produjo una colisión de magnitudes inesperadas. Todo cuanto hasta el momento había sido, se transformó de manos de la violencia. Se tiñeron los ríos de rojo, y en hogueras, o sobre árboles, murieron los primeros pobladores de esta tierra. La cultura tuvo un revuelco, días de luto y lágrimas, muchas lágrimas. Pero aún así, metamorfoseó, y continuó el sendero.

Cuando los negros africanos se fusionaron con los españoles que ya habitaban en Juana (nombre dado por Colón a la isla de Cuba), nacieron entonces otras pieles de colores distintos, ni muy claras, ni demasiado tiznadas. Brotaron por todos lados, lo mismo en el cañaveral, que de un ingenio o entre los trapiches y el látigo; brotaron como plaga que se extiende en segundos. Criollos, así los nombraron, y fueron, después de años de desasosiego, el primer fruto autóctono de la cultura cubana.

La isla se transformó a una velocidad sorprendente. Surgió la nación y la nacionalidad, que ayudaron a vislumbrar los senderos independentistas hasta el mismísimo grito de Yara en octubre de 1868. Y vino la bandera, los mambises, los machetes cortando cabezas de rayadillos, el escudo, y el himno; vino Perucho Figueredo sobre su caballo a escribir las gloriosas notas de La Bayamesa.

Las esperanzas se hicieron más grandes, enormemente grandes, aquel 20 de octubre de 1868. El pueblo, reunido en Bayamo, tenía la sonrisa de quienes saben que su lucha es de las justas y de las que ganan. Convencidos estaban, y muy seguros.  

A Perucho Figueredo no le hizo falta inventar las musas, ni le fue difícil encontrar las palabras exactas que pusieran en pie de lucha a la nación toda, haciendo vibrar a cada cubano que entonara sus letras. Entonces, el lomo de su caballo se convirtió en mesa y brotó, de un sólo golpe, el himno de la Patria.

El canto insurreccional no tardó en hacer eco en cada rincón de la ciudad, quedando grabado en las montañas, en los caminos, en el mismo cielo que hizo imperecedero el momento. Los bayameses balbuceaban la letra, aún sin saberla de memoria, con el ímpetu de los verdaderos revolucionarios.  

Oriente y Bayamo fueron escenario fiel, dejando labrado, en los anales de la historia, la melodía que hizo temblar a más de un español. No hubo, desde aquel momento, nada que pudiera detener las cargas mambisas. En pleno respeto a su bandera y a su himno, hicieron volar cabezas hispánicas con un solo movimiento de machete. 

Y sobre la manigua, o en la pluma y brazo firme de Maceo y Gómez y Calixto García y Mariana Grajales y Martí y tantos otros, continuó la historia de nuestra cultura; porque en esos momentos todo vino a engrosar la idiosincrasia de los cubanos.

Las guerras de independencia, las batallas, los diarios de combates, los hombres, los héroes, los fracasos, las victorias, los nuevos despertares, las nacientes generaciones, la comida, las tradiciones, la música, los bailes, los artistas, los pintores, Portocarero, Tomás Sánchez, Carilda Oliver, Nicolás Guillen; todo, absolutamente todo lo ocurrido en Cuba desde la memoria de los tiempos, es cultura, y los cubanos aprendimos desde siempre a amar nuestras tradiciones y nuestras raíces.

“Espejo de paciencia”, de Silvestre de Balboa, fue la primera obra escrita donde se menciona al criollo, a partir de entonces y con las génesis ya corriendo entre las palmas, la cultura cubana se ha trasformado en una de las obras más hermosas de esta tierra.

En una ocasión escribió el poeta nacional: “Tengo, vamos a ver, / que ya aprendí a leer, / a contar, / tengo que ya aprendí a / escribir / y a pensar / y a reír. / Tengo que ya tengo / donde trabajar / y ganar
lo que me tengo que comer. / Tengo, vamos a ver, / tengo lo que tenía que tener”. Y así es.

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