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Mella, en el pedestal de mis deidades

Si te hubiese tenido en frente, no sé, no lo sé. No solo es tu perfil de dioses, no. Es el ímpetu de titanes que supe por los libros, la brillantez de los pensamientos que repasé para los exámenes, son los actos, es la entrega sin límites, es la clandestinidad que halló hogar en tu pecho… eres tú Mella, irremediablemente, eres tú. Y luego está esa página en gris con revólveres quemando tu cuerpo, está el reloj detenido en el 10 de enero de 1929, está tu asesinato publicado en los principales diarios. Y te me vas apagando, pero luego resurges, íntegro, en esta memoria que te guarda con celo.

Y siento que te conozco, que estuve contigo en cada episodio, en cada peripecia, y sí, ¿por qué no?, estuve. Y vi tu rostro firme mientras estallaba la reforma universitaria, mientras tu pluma escribía aquellos artículos que se propagarían al día siguiente en “Alma Máter”. Estaba en una esquina de la manifestación donde surgió la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), en la fila delantera durante el primer Congreso Nacional de Estudiantes, y en las aulas de la Universidad Popular “José Martí”.

Aún recuerdo el sabor de la tinta mientras escribías el folleto “Cuba un pueblo que jamás ha sido libre”; entonces yo también escupí verdades sobre el rostro de Zayas, de ese cruel entreguista. En julio de 1925 fundamos la Liga Antiimperialista de Cuba, sí, lo recuerdo; también nuestra alianza con Carlos Baliño para crear el Partido Comunista de Cuba.

Tu expulsión de la Universidad de La Habana fue un claro exponente de las arcadas que provocabas en los estómagos de esos tiranos. Y la huelga de hambre cuando te detuvieron, me hizo flaquear, también tu partida a Honduras en 1926.

La vida en el exilio fue difícil, más, la lejanía. Pero la continua actividad revolucionaria fue alejando del alma tus dolores, y los míos. Y en cada uno de tus seudónimos (Cuauhtémoc Zapata, Kim (El Machete), y Lord McPartland) te sentía con más fuerza abalanzándote contra las cadenas que nos prensaban.

Ahora me sumo en el mismo silencio, quizás, para que duela menos la noticia, la noticia de tu muerte. Los retorcijones me hacen perder la noción del tiempo. Pero la escena es clara. No se si envidio a Tina por haberte robado el corazón, o por haber estado a tu lado hasta el último momento. No lo sé. Y fue Machado disfrazado de muerte a asfixiar tu hombría que lo hubiese aplastado con solo una mirada. Te cazó en México. Te apagó la vida y desde entonces Julio, Antonio, Mella, descansas, junto a las lágrimas, en el pedestal de mis deidades.

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