De regreso a la luz

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Fueron días construidos con cera. Las magulladuras en los pies y el alma explotarían en cualquier segundo. Era hora. Y entonces había unas montañas gigantes arrojando valientes sobre el llano. Los dictadores colgaban murales de sangre sobre los escritorios y guardaban, como amuleto, dientes arrancados de bocas que nunca delataron. Las rúbricas estrangularon los miedos, pero la misma voz se repetía entre las balas, entre aquellas botas ausentes, dentro de los estómagos vacíos, en los quebrantos, y terminaron haciendo trenzas con las barbas de los héroes.     
Bajó de la Sierra el estruendo que limpió las manchas del sol. El cielo trituró la máscara de polvo que le bloqueaba las entrañas. El blanco y negro desapareció de las pupilas, y el iris empezó, por vez primera, a percibir en colores los uniformes devorados por el apetito del plomo. Se escucharon sonrisas. Las bocas ya no recordaban, pero en lontananza hubo sonrisas; sí, las hubo. La marea de pueblo dibujó la silueta del caimán sobre el lomo de la Isla. Estaban en las calles. Ya no era necesario esconderse para gritar ¡viva Cuba libre!, y los petardos devinieron fuegos artificiales que derrumbaron hasta las estrellas.       
Habían transcurrido cinco años, cinco meses y cinco días desde el asalto al Moncada, y el sueño libertario era ya una realidad. Palpable, cierta, visible. Huyó el tirano. Despavorido. Se esfumó entre la cobardía y el espanto. Déspota gobernante, marioneta cruel, que no aprendió, siquiera, a pensar. Y luego están todos esos nombres sagrados, a los cuales será, por siempre, muy difícil honrar o agradecer.
Está Céspedes, padre fiel, entregando hijos. Maceo en bronce, Calixto con una bala en la frente, Gómez, Bartolomé, Banderas y Martí, y después Juan Gualberto, Sanguily, y Villena, Guiteras, Menéndez, Santamaría, Mella, Echeverría, Chibás, Frank País, Varona; y Camilo y el Che, Celia, Vilma, Almeida, Raúl, Redondo, Fidel... ¡tantos!, que son minúsculas estas líneas e insuficiente toda la tinta.   
La vida cambió en los minutos que separaron a 1958 del ’59; a un 31 de diciembre de aquel primero de enero. Quedaron sepultados los años de exterminio, y las esperanzas poblaron, otra vez, de verde los campos. La estrella solitaria ondeó libre sobre el asta del Morro y escupió dignidad sobre las franjas de la bandera con quien la obligaron a compartir jurisdicción a inicios del siglo XX. La luz fue, poco a poco, retirando las bombas del frente de las casas, y enterrando las heridas pagadas por cada heredero desde 1492. Hubo paz. Calma. Libertad.
El triunfo revolucionario, para los cubanos, significó la luz boreal mudándose a sus ventanas, simbolizó una eternidad sin humillación, y con la posibilidad de llevar a la derecha del pecho la medalla, en rojo, de la independencia.
Y en los ojos de muchos, como en los de Marta García, desfilan aún las imágenes de aquel despertar:
 “Yo estaba divorciada y vivía sola con mis ocho hijos. Para mantenerlos trabajaba donde pudiera, pero ganaba muy poco. En ese entonces vivía en Lajas y tenía que atravesar casi todo el pueblo para limpiar una casa. Había que hacer de todo, y al mes solo me pagaban ocho pesos, y porque la dueña me conocía”.
Rememorar los dolores de una época no es petición que pueda cumplirse sin que aparezcan nudos en la voz; por eso Marta pronunciaba las palabras con los pies firmes sobre el suelo, y de a poquito. “Por suerte todo cambió,- sonríe- comencé a trabajar con el nuevo gobierno, mi hijos pudieron estudiar y la vida se me fue aliviando.
“Aquello fue tremendo. Todo el mundo salió para la calle, estábamos locos de alegría, contentos; y con muchas esperanzas de que las cosas cambiarían, que mejorarían. Yo había dado a luz hacía pocos días, pero cuando escuché la noticia del triunfo también corrí junto al pueblo para celebrarlo”.  

Marta llevó una vida de alegrías. Quizás fue un poco espinoso superar los males del pasado, pero tampoco hubo de hacer muchos esfuerzos. La Revolución cubana- pugnada Revolución- tomó los sueños de cada cubano y los hizo realidad; y construyó obeliscos, grandes pilastras que sobrevivirán, en la luz, a pesar de los tiempos.

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