{"id":25593,"date":"2026-05-04T03:24:07","date_gmt":"2026-05-04T03:24:07","guid":{"rendered":"https:\/\/www.ucf.edu.cu\/?p=25593"},"modified":"2026-05-04T03:25:52","modified_gmt":"2026-05-04T03:25:52","slug":"22-de-abril-de-1819-cienfuegos-recibio-la-luz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.ucf.edu.cu\/?p=25593","title":{"rendered":"22 de abril de 1819: Cienfuegos recibi\u00f3 la luz"},"content":{"rendered":"\t\t<div data-elementor-type=\"wp-post\" data-elementor-id=\"25593\" class=\"elementor elementor-25593\">\n\t\t\t\t\t\t<section class=\"elementor-section elementor-top-section elementor-element elementor-element-36d6c9d elementor-section-boxed elementor-section-height-default elementor-section-height-default\" data-id=\"36d6c9d\" data-element_type=\"section\" data-e-type=\"section\">\n\t\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-container elementor-column-gap-default\">\n\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-column elementor-col-100 elementor-top-column elementor-element elementor-element-a48aad9\" data-id=\"a48aad9\" data-element_type=\"column\" data-e-type=\"column\">\n\t\t\t<div class=\"elementor-widget-wrap elementor-element-populated\">\n\t\t\t\t\t\t<div class=\"elementor-element elementor-element-464a703 elementor-widget elementor-widget-text-editor\" data-id=\"464a703\" data-element_type=\"widget\" data-e-type=\"widget\" data-widget_type=\"text-editor.default\">\n\t\t\t\t<div class=\"elementor-widget-container\">\n\t\t\t\t\t\t\t\t\t<p>Era 22 de abril de 1819 y el sol, a\u00fan perezoso tras las lomas de la Sierra del Escambray, comenzaba a dorar las aguas tranquilas de la ensenada de Jagua. Sobre la pen\u00ednsula de Majagua, donde hoy el Prado despliega su abanico de columnas y sombras, un pu\u00f1ado de hombres y mujeres miraba el horizonte con la mezcla exacta de v\u00e9rtigo y esperanza.<span id=\"more-202220\"><\/span><\/p><p>Don Luis Lorenzo De Clouet, teniente coronel de los Reales Ej\u00e9rcitos nacido en Burdeos bajo otro cielo y otra lluvia, llevaba consigo no solo las insignias de su rango, sino el peso de un sue\u00f1o: fundar una villa en estas tierras que los siboneyes llamaban Jagua, palabra de mar y caracol, de manglar profundo y aire salado. A su alrededor, 46 colonos franceses algunos llegados desde Nueva Orleans, otros desde Burdeos y un pu\u00f1ado de criollos espa\u00f1oles formaban un c\u00edrculo humano que parec\u00eda diminuto frente a la inmensidad de la bah\u00eda. Pero las grandes ciudades, se sabe, comienzan siempre como un susurro.<\/p><p>La historia hab\u00eda ensayado otro escenario apenas tres d\u00edas antes. El campamento inicial, a orillas del r\u00edo Aricoa (Saladito), fue apenas un ensayo, una tienta de tierra. Hasta que Don Agust\u00edn de Santa Cruz y de Castilla, noble cubano de mirada larga, visit\u00f3 a los colonos y les ofreci\u00f3 un regalo: las tierras de su esposa, Do\u00f1a Antonia Guerrero, justo en la lengua de tierra que se adentra en la bah\u00eda como una mano abierta. De Clouet, que entend\u00eda de vientos favorables, acept\u00f3. All\u00ed, frente al manso oleaje, se decidi\u00f3 que la ciudad echar\u00eda anclas para siempre.<\/p><p>La ceremonia fundacional fue un ritual de dos alas. Cuentan las cr\u00f3nicas y la memoria de los abuelos que De Clouet pidi\u00f3 una pareja de palomas. Al macho lo sacrific\u00f3 con sus propias manos, y orden\u00f3 que con su carne se hiciera un sop\u00f3n la primera comida compartida en el nuevo territorio, un gesto de muerte que era tambi\u00e9n un pacto de arraigo: aqu\u00ed se quedan los huesos, aqu\u00ed se cocina el futuro. A la hembra, blanca como la espuma de Jagua, la solt\u00f3 al viento. Vol\u00f3 sin prisa, describi\u00f3 un c\u00edrculo sobre las cabezas de los fundadores y se perdi\u00f3 hacia el interior, llev\u00e1ndose el encargo de multiplicarse, de poblar de vida la tierra reci\u00e9n estrenada. Un rito de fertilidad y sacrificio, de muerte que da paso a la vida. As\u00ed nacen las ciudades: entre la ofrenda y la esperanza.<\/p><p>El primer asentamiento se llam\u00f3 Fernandina de Jagua: Fernandina por Fernando VII, el rey ausente que nunca pisar\u00eda estas calles; Jagua por los hijos del barro y la concha que habitaron estas costas mucho antes de que la Corona espa\u00f1ola dibujara mapas. Una d\u00e9cada m\u00e1s tarde, en 1829, la villa cambi\u00f3 su nombre por el del Capit\u00e1n General que hizo posible el sue\u00f1o: Don Jos\u00e9 Cienfuegos Jovellanos. Su apellido se volvi\u00f3 geograf\u00eda, y la ciudad aprendi\u00f3 a llamarse a s\u00ed misma con la cadencia que hoy le conocemos.<\/p><p>El tiempo, que todo lo afina, convirti\u00f3 a Cienfuegos en algo m\u00e1s que un nombre. En 1880, cuando el ferrocarril y el az\u00facar le hab\u00edan dado m\u00fasculo econ\u00f3mico, fue elevada a la categor\u00eda de ciudad. Sus habitantes, que nunca olvidaron el origen franc\u00e9s de los fundadores, bordaron una bandera de tres franjas verticales azul, blanco, rojo, un gui\u00f1o a la marsellesa, y escribieron un himno que todav\u00eda se canta en las escuelas con la misma fe con que De Clouet solt\u00f3 aquella paloma.<\/p><p>Hoy, 207 a\u00f1os despu\u00e9s, caminar por Cienfuegos es pisar una ciudad que la&nbsp;<a href=\"https:\/\/whc.unesco.org\/es\/list\/\"><u>UNESCO<\/u><\/a>&nbsp;declar\u00f3&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.ecured.cu\/Patrimonio_de_la_Humanidad_en_Cuba\"><u>Patrimonio Cultural de la Humanidad en 200<\/u><\/a>5. Es el reconocimiento a un centro hist\u00f3rico que respira armon\u00eda. El Paseo del Prado, el m\u00e1s largo de Cuba, es un r\u00edo de losetas y sombras bajo sus arcos de medio punto que invitan al paseo lento, a la conversaci\u00f3n detenida.<\/p><p>El Parque Jos\u00e9 Mart\u00ed, coraz\u00f3n geom\u00e9trico de la urbe, guarda en su centro la roseta que marca el punto exacto donde De Clouet clav\u00f3 el primer m\u00e1stil. El Teatro Tom\u00e1s Terry, con su l\u00e1mpara de cristal de Murano y su tel\u00f3n pintado por un disc\u00edpulo de Jean-Baptiste Camille Corot, es un joyero de ac\u00fastica prodigiosa. Y el Palacio Ferrer, desde su torre mirador, sigue contando las horas con un reloj que lleg\u00f3 desde Nueva York en barco, como tantos sue\u00f1os.<\/p><p>Pero la Perla del Sur como la bautiz\u00f3 el poeta y cronista espa\u00f1ol Jos\u00e9 Mar\u00eda de Coss\u00ed no es solo sus edificios. Es la manera en que la luz se derrama sobre la bah\u00eda cada atardecer, ti\u00f1endo de cobre las aguas que vieron llegar a aquellos 46 colonos. Es el rumor del viento entre los almendros del malec\u00f3n. Es la voz de sus pescadores, que todav\u00eda hablan de la \u201cmanigua\u201d y del \u201ctiempo de Espa\u00f1a\u201d como si fuera ayer. Es, sobre todo, una ciudad que se sabe celebrada por su propia gente.<\/p><p>Por estos d\u00edas, del 21 al 26 de abril, la Jornada de la Cultura Cienfueguera convierte las calles en un solo escenario. Este a\u00f1o, la conmemoraci\u00f3n tiene una nota especial: se dedica al centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cuya mirada tambi\u00e9n supo detenerse en esta bah\u00eda. Y se rinde homenaje a quienes han tejido la identidad de la ciudad, como el historiador Orlando Garc\u00eda Mart\u00ednez cronista de sus piedras y sus almas y el centenario Conjunto de Sones Los Naranjos, que lleva m\u00e1s de cien a\u00f1os haciendo bailar a los cienfuegueros.<\/p><p>Porque Cienfuegos, al final, es una ciudad que aprendi\u00f3 a fundarse dos veces. La primera, aquel 22 de abril de 1819. La segunda, cada d\u00eda que sus habitantes eligen caminar por el Prado, sentarse en el parque, mirar la bah\u00eda y decir, con esa seguridad que dan los siglos: aqu\u00ed vivimos, aqu\u00ed so\u00f1amos, aqu\u00ed seguimos siendo.<\/p><p>Y cuando la tarde caiga sobre la Perla del Sur, los cienfuegueros levantar\u00e1n sus copas o sus tazas de caf\u00e9 y brindar\u00e1n por aquel De Clouet que, con una paloma en las manos y una bah\u00eda por delante, se atrevi\u00f3 a creer que este pedazo de costa merec\u00eda una ciudad. El resto lo hizo el tiempo. Y la gente. Y esa llave invisible que abre los corazones de quienes tienen la dicha de nacer o de llegar a esta orilla del Caribe.<\/p><p><em><strong>Tomado de Peri\u00f3dico 5 de Septiembre.<\/strong><\/em><\/p>\t\t\t\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t<\/div>\n\t\t\t\t\t<\/div>\n\t\t<\/section>\n\t\t\t\t<\/div>\n\t\t","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Era 22 de abril de 1819 y el sol, a\u00fan perezoso tras las lomas de la Sierra del Escambray, comenzaba a dorar las aguas tranquilas de la ensenada de Jagua. 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