Cada año, en el mes de febrero, concretamente el tercer domingo de febrero (en muchos países) o el 18 de febrero, celebramos el Día Mundial de las Ballenas. Más que una fecha en el calendario, es un poderoso llamado de atención, una invitación a detenernos y reflexionar sobre nuestro vínculo con el océano y con una de sus criaturas más majestuosas: la ballena.

Imaginemos por un momento su mundo. Estas enormes criaturas, algunas del tamaño de un avión, recorren miles de kilómetros cada año en una danza migratoria perfecta, guiadas por una sabiduría ancestral inscrita en su memoria genética. Sus cantos, que viajan a través del vasto océano, son un lenguaje complejo y misterioso que apenas comenzamos a comprender. Son los verdaderos gigantes del planeta, y sin embargo, poseen una gracia y una sensibilidad que nos conmueven profundamente.

Pero, ¿qué representan las ballenas para nosotros, más allá de su imponente presencia? Son, en esencia, centinelas de la salud de nuestros océanos. Su bienestar es un reflejo directo del estado del medio marino. Si las ballenas están amenazadas, es una señal inequívoca de que nuestros mares, que generan la mayor parte del oxígeno que respiramos y regulan el clima del planeta, también lo están.

El Día Mundial de las Ballenas nos enfrenta a una verdad incómoda: la principal amenaza para estos gigantes no proviene de ningún depredador natural, sino de nosotros. Durante siglos, las cazamos hasta llevarlas al borde de la extinción. Y aunque la caza comercial ha disminuido (aunque no ha desaparecido por completo), hoy enfrentan peligros igualmente mortales:

  • El ruido ensordecedor del tráfico marítimo y las exploraciones sísmicas, que interfiere con su comunicación, su capacidad para encontrar pareja y orientarse.

  • Las colisiones con barcos, que a menudo les causan heridas mortales.

  • Las redes de pesca fantasma, en las que quedan atrapadas como en una trampa mortal, impidiéndoles salir a respirar.

  • La contaminación por plásticos y químicos, que envenenan su alimento y, con él, a ellas mismas.

  • Y la creciente amenaza del cambio climático, que altera las corrientes oceánicas y la disponibilidad del krill y el plancton del que se alimentan.

Reflexionar en este día es reconocer que su lucha es también nuestra lucha. No se trata solo de proteger a una especie carismática; se trata de preservar el equilibrio de un ecosistema del cual depende nuestra propia supervivencia. Un océano sin ballenas sería un océano empobrecido, menos resiliente y, sin duda, menos maravilloso.

Proteger a las ballenas es un acto de profunda humanidad y de sabiduría ecológica. Es elegir la admiración y el respeto por encima de la explotación. Es comprender que no somos dueños del planeta, sino una parte más de esta intrincada red de vida. Es pasar de ser una amenaza a convertirnos en sus guardianes.

Hoy, al celebrar su día, comprometámonos a ser la voz de quienes no la tienen en los consejos donde se toman las decisiones. Apoyemos las áreas marinas protegidas, exijamos prácticas de navegación más seguras y silenciosas, y reduzamos nuestra huella de plástico. Porque cada vez que alzamos la voz por una ballena, en realidad estamos alzándola por la salud de nuestro hogar compartido.

Que el canto de las ballenas nos recuerde siempre que en la grandeza y la vulnerabilidad de estos seres reside un mensaje esencial: el futuro de la vida en la Tierra es un viaje que hacemos todos juntos, o no lo hará nadie.

Elaborado por la Dirección de Comunicación Institucional. UCf.

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