Cuando el escribidor era niño, el 20 de mayo era día de fiesta nacional, y lo saludábamos con orgullo colocando la bandera en la ventana de la sala de la casa. Dejó de celebrarse a partir de 1963, y lo regalamos así a los cubanos de enfrente, olvidándonos de que también es nuestro.

¿Fecha gloriosa o aciaga?, pregunta Ana Cairo Ballester en 20 de mayo, ¿fecha gloriosa? (Ed. Ciencias Sociales, 2002). «No se necesita satanizar la fecha; ni hacerla formar parte de una lista de olvidos, en una especie de limbo histórico cultural», responde la propia historiadora, y precisa que lo interesante sería polemizar sobre si se celebra o se conmemora, y cómo hacerlo, ya que no debe perderse de vista recalca Cairo Ballester que el siglo XX cubano se divide en dos grandes períodos bien delimitados: la República burguesa y la República socialista. O lo que es lo mismo: la República y la Revolución. Pero el Estado nacido el 20 de mayo de 1902 mantiene inalterables su nombre y los símbolos patrios que lo identifican.

Aquel día de 1902 la gente, aun sin conocerse, se saludaba y abrazaba en la calle, reía y lloraba, gritaba y cantaba. Cuba entera vibraba de patriótico entusiasmo. Decenas de miles de personas congregadas en el todavía incipiente malecón habanero permanecieron de rodillas, en gesto de devoción, mientras la enseña nacional era izada en el Morro.

La ceremonia comenzó en la vieja fortaleza cuando un teniente norteamericano avisó, desde la farola, que la bandera ondeaba ya en el Palacio de Gobierno. Se arrió entonces la enseña de las barras y las estrellas, y el general Emilio Núñez, gobernador de La Habana, junto con el vigía del Morro, amarró la nuestra a las cuerdas para comenzar el izaje. No pudo procederse como estaba previsto ni mantenerse el orden porque los oficiales del Ejército Libertador se abalanzaron hacia las sogas y tiraron también de ellas.

Escribía, lleno de sano chovinismo, el cronista Federico Villoch:

«El día 20 de mayo de 1902 un día de espléndido sol y cielo azul, tal como si Dios hubiese bajado a tomar parte en la fiesta descendía del mástil del Morro la banderita de la intervención americana no mayor que un pañuelo, de los pequeños y subía nuestro banderón nacional grande, bello, enorme cogiéndose él solo el mundo; y tragándose el aire al ondear victorioso en látigos frenéticos.

«No quedó ventana, puerta, tejado, azotea, balcón o poste de la vía pública de donde no colgase una bandera cubana, más o menos grande; ni pecho de hombre que no mostrase sus tres colores entrelazados en un botón o roseta en el ojal de la levita, saco o chamarreta; ni peinado de mujer donde el alto y espeso moño no luciera la enseña patria, en la punta de un artístico y enhiesto prendedor».

El historiador Ramiro Guerra sintetizaba: «Los que tuvieron el privilegio de contemplar aquella apoteosis no podrán olvidarla jamás».

¿Se equivocaban aquellos cubanos que lloraban de felicidad en la calle ante la fundación de un Estado con reconocimiento internacional, aunque fuese una república lisiada y castrada? ¿Se equivocó Máximo Gómez cuando, con los ojos nublados por las lágrimas, se abrazó a José Miguel Gómez en el viejo salón del trono de Palacio de Gobierno, para decirle: «Creo que hemos llegado»?

¿Habíamos llegado realmente?

Decía Emilio Roig, en 1959:

«La República (…) no fue (…) la que concibieron y por la que lucharon y murieron varias generaciones de cubanos.

«Nuestra larga lucha por la independencia cumplió a plenitud su misión histórica. Y los cubanos debemos sentirnos muy satisfechos de haber salido del despotismo español y conquistado la República.

«Muy felices debemos sentirnos también (…) de que después de lograr la independencia de España, pudiéramos destruir los planes anexionistas del presidente McKinley y el gobernador Leonardo Wood, y gracias a la lucha tenaz mantenida por nuestro pueblo durante la intervención militar norteamericana, que escamoteó el triunfo del Ejército Libertador, se lograra la República, aun con la castración que significó la Enmienda Platt, factor terrible de perturbación y disociación ciudadana».

Agenda de la República

El 24 de febrero de 1902 las provincias validaron a Tomás Estrada Palma para su alto cargo. El 11 de mayo el mandatario electo desembarcaba en La Habana, y el 15 el Senado y la Cámara de Representantes, que se constituyeron el mismo día, lo proclamaban presidente de la República. Llevaba unos 25 años fuera de la Isla y una bien orquestada campaña publicitaria a su favor alabó al maestro, al padre de familia, al amigo de Martí, al hombre que en aras de la Patria renunciaba a la ciudadanía norteamericana. Los cubanos de Nueva York lo habían despedido con un banquete y le obsequiaron una pluma de oro.

El 16 de mayo se iniciaban los actos de despedida de los ocupantes norteamericanos. Los veteranos de la independencia, los políticos y los hombres de negocio congratularon a los interventores con bailes y comilonas, y Wood recibió como regalo un machete con empuñadura dorada y pedrerías. El 19, séptimo aniversario de la muerte de Martí, fue de recogimiento, con banderas a media asta, crespones de luto, ofrendas florales y veladas solemnes. A las 12 de la noche, sin embargo, ocurrió lo inconcebible: se pasó, en cuestión de minutos, del duelo al jolgorio. El programa para celebrar la instauración de la República fue nacional, con actos en cada capital de provincia, ciudad, pueblo y caserío. Las ceremonias grandes tuvieron lugar en La Habana; la del Palacio de los Capitanes Generales, con carácter oficial y, popular, la de la explanada del Morro.

A la hora prevista el generalísimo Máximo Gómez y varios generales del Ejército Libertador ocuparon su puesto en el salón de recepciones del Palacio, y Wood, con su Estado Mayor, ocupó el suyo, de espaldas a la Plaza de Armas. Estrada Palma y sus ministros se situaron frente al interventor saliente. Leyó Wood una breve proclama y ordenó que se izara la enseña nacional. Mientras ascendía la bandera se escuchaban las notas del Himno Nacional y 21 cañonazos. El repicar de las campanas de todas las iglesias habaneras y el ulular de las sirenas de los barcos surtos en el puerto saludaban el ondulante pabellón.

Juró el mandatario su cargo ante el presidente del Tribunal Supremo y enseguida tuvo lugar la primera reunión del Consejo de Ministros. A las cuatro de la tarde, Estrada Palma acompañó a Wood hasta el muelle.

Al reclamo de la multitud congregada en la Plaza de Armas, el Presidente se asomaba una y otra vez al balcón de Palacio. Acudían a saludarlo representantes de todos los sectores sociales, los bomberos, la Guardia Rural, los cónsules y la prensa extranjera acreditada, la Iglesia… Fue una jornada intensa. José Francisco Martí Zayas Bazán, el hijo del Apóstol, mandaba la compañía de ceremonia.

Asistió Estrada Palma a un Te Deum en la Catedral y, por la noche, el vicepresidente Luis Estévez y su esposa Marta Abreu ocuparon el palco de honor en la velada cultural que tuvo lugar en el Teatro Nacional. Hubo en el Prado desfile de carrozas y comparsas, se levantaron arcos de triunfo y fiestas por Cuba en París, México y Estados Unidos. El que pudo, dio una mano de lechada al frente de su casa y no pocos establecimientos comerciales cambiaron de nombre de la noche a la mañana para atemperarlos a los nuevos tiempos.

La revista El Fígaro, en un número que circuló el propio dia 20, publicó valiosas opiniones sobre el naciente Estado. Juan Gualberto Gómez fue terminante en sus consideraciones. A su juicio, la muerte de Martí había desviado el curso de la revolución y en esa desviación estaba la clave de la gran herida que sufría el ideal de la independencia absoluta de la patria.

Concluía el ilustre patricio:

«Hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo (…) las ideas directrices y los métodos que preconizara Martí».

Tomado de Periódico 5 de Septiembre.

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