A 100 años de su natalicio, el ejemplo del Comandante sigue guiando la resistencia cubana

En una esquina de la Plaza de la Revolución, un joven de 17 años levanta su teléfono para fotografiar el rostro de Fidel en un mural. No lo conoció. No presenció sus discursos. No sintió el peso de su mano en el hombro; pero algo en esa imagen detiene su mirada: la sonrisa. No la de las estatuas, sino la de las fotos de archivo, la de los documentales, la que aún late en la memoria de sus abuelos. Ese gesto, que un día fue cotidiano, hoy se ha convertido en una pregunta abierta: ¿qué legado dejó el Comandante en quienes no lo vieron? ¿Sigue hablando esa expresión tan cercana y tan humana a los que nacieron después de su tiempo?

En el año de su centenario, esas preguntas son el eco de una generación que hereda su obra sin haber heredado su presencia. Los que no compartieron con él no recibieron su abrazo ni escucharon su risa en persona. Pero recibieron algo quizás más profundo: la posibilidad de imaginar a Fidel como un hombre que sonreía, que se emocionaba, que se enfadaba y que, sobre todo, reía con el alma.

Los historiadores y los cronistas han escrito páginas enteras sobre su oratoria, su estrategia militar y su pensamiento político. Pero la sonrisa de Fidel es uno de los temas menos explorados. Sin embargo, en la construcción de su legado fue un pilar silencioso. Esa sonrisa cómplice, que aparecía en los momentos más inesperados —en una reunión con campesinos, en una visita a una escuela, en un juego de béisbol— no era un gesto accidental. Era la manifestación de una convicción profunda: que la Revolución no era solo un proyecto político, sino un acto de amor y de fe en el ser humano.

Mientras sus discursos se estudian en las aulas, sus fotografías se comparten en redes sociales y sus anécdotas se cuentan en las familias, la sonrisa permanece como un signo de cercanía. No es la del líder distante, sino la del abuelo que cuenta un secreto, la del maestro que cree en ti, la del amigo que te invita a soñar. Los jóvenes de hoy, que no lo vieron en persona, lo reconocen en esa sonrisa. No como a un desconocido, sino como a alguien que, aunque no esté, sigue sonriendo con ellos.

A un siglo de su nacimiento, la sonrisa de Fidel continúa como un puente entre generaciones. Los que lo conocieron la recuerdan con una mezcla de ternura y admiración; los que no lo vieron la descubren con la misma curiosidad con la que se mira a un abuelo en un álbum familiar. Y esa expresión, testigo de las horas más gloriosas y de los días más difíciles, no ha perdido ni un ápice de su fuerza. Sigue siendo cómplice, cálida, pícara; y, sobre todo, una invitación a no rendirse, a creer en lo imposible, a construir un futuro donde la justicia no sea un sueño, sino una realidad.

Porque Fidel, más allá de su barba, su uniforme y sus discursos, se recuerda por su manera de estar y su manera de ser. Y esa manera incluía una sonrisa que hoy, en su centenario, sigue iluminando el camino de los que vienen detrás. Una sonrisa que dice: “Aquí estoy, y aquí estaré siempre, en cada niño que aprende a leer, en cada obrero que produce, en cada joven que sueña con un mundo mejor”.

Las nuevas generaciones no necesitan haberlo visto para saber que sonríe con ellas. Porque la sonrisa de Fidel no es una imagen congelada en el tiempo, sino un eco que se renueva cada vez que un cubano decide seguir adelante, cada vez que la dignidad se convierte en bandera y la solidaridad en camino. Y mientras ese eco siga sonando, mientras esa sonrisa siga iluminando el aire, el legado de Fidel no será solo historia: será presente y futuro. Porque la sonrisa de Fidel y la rebeldía que no envejece son una misma cosa: la certeza de que la dignidad, como él, nunca se rinde.

Tomado de Periódico 5 de Septiembre.

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