Hace apenas una década, una noticia falsa era, en esencia, un texto mal redactado que circulaba por foros y cadenas de correo. Hoy, ese mismo engaño puede llegar a millones de personas en minutos, adoptar la forma de un video hiperrealista de un líder mundial o ser generado por un modelo de lenguaje que jamás duerme.
La desinformación ha dejado de ser un residuo incidental de internet para convertirse en una industria sofisticada, con fines claros y herramientas cada vez más difíciles de detectar. Entender cómo ha evolucionado, quién la fabrica y qué daños produce no es un ejercicio académico: es una necesidad urgente para sociedades que ven erosionarse la confianza en sus instituciones, su salud pública y su economía.
La evolución de las noticias falsas sigue una trayectoria clara: de lo simple a lo complejo, de lo textual a lo multimodal. Un estudio publicado en Neurocomputing documenta cómo, en la última década, la desinformación ha transitado desde formatos exclusivamente escritos hacia contenidos visuales e híbridos. Ya no basta con inventar un titular: ahora se manipulan fotografías, se editan audios y se generan videos sintéticos que resultan indistinguibles de la realidad para el ojo no entrenado.
El salto cualitativo llegó con la inteligencia artificial generativa. Un análisis del Social Science Research Council describe cómo las técnicas de redes generativas antagónicas y el procesamiento de lenguaje natural han revolucionado el panorama, permitiendo la automatización de la producción de mentiras y su diseminación a una escala sin precedentes. Lo que antes requería un equipo humano trabajando durante días crear un video falso creíble de un político hoy puede lograrse en minutos con herramientas de acceso libre.
Esta evolución no es neutral. Los formatos multimodales son más persuasivos y más difíciles de verificar. Un estudio de la Universidad de Antioquia señala que los algoritmos de recomendación, los sesgos cognitivos y la escasa alfabetización digital configuran un ecosistema “especialmente vulnerable” a la circulación de información falsa. El resultado es una paradoja perversa: cuanto más sofisticada es la tecnología que produce la mentira, más primitivos son los resortes psicológicos que la hacen viral.
Detrás de cada noticia falsa hay una intención. La investigación académica ha identificado un abanico de motivaciones que van desde lo económico hasta lo geopolítico. Un estudio publicado en Taylor & Francis sobre la desinformación en redes sociales concluye que la polarización partidista es la principal motivación psicológica para difundir noticias políticas falsas en plataformas como Twitter. No se trata solo de engañar: se trata de reforzar una identidad grupal, de castigar al adversario, de performar lealtad.
Pero junto a la motivación ideológica convive una maquinaria de incentivos económicos. Las granjas de clics operan con una lógica empresarial: producen engagement, y el engagement se monetiza. Una investigación de la Universidad de Edimburgo encontró que el uso intensivo de plataformas como Instagram para noticias políticas, combinado con motivaciones de “performance identitaria”, amplifica la difusión de información exagerada o falsa.
En el extremo más peligroso se sitúan los propósitos geopolíticos. El Oxford Internet Institute ha documentado durante años cómo herramientas computacionales —bots, cuentas falsas, granjas de clics— se utilizan para manipular la opinión pública a escala internacional. Un análisis del Instituto Reuters de 2025 revela que los propios ciudadanos identifican a los influencers digitales y a los políticos como las mayores fuentes de peligro para la circulación de información veraz, por encima de los medios tradicionales. La desinformación ya no es un subproducto del sistema: es un instrumento deliberado de poder.
Si los propósitos se han diversificado, los métodos de propagación han experimentado una revolución silenciosa. Los bots ya no se limitan a repetir mensajes de forma mecánica. Ahora interactúan, adaptan sus respuestas y evolucionan para crear la ilusión de un consenso sintético, “mucho más peligroso que una única noticia falsa”, según un análisis sobre guerra cognitiva.
Las granjas de bots infraestructuras con cientos de dispositivos móviles conectados en red fabrican “mayorías infladas” que distorsionan la percepción pública. Una táctica especialmente preocupante es el llamado “envenenamiento de modelos de IA”: redes de propaganda inundan internet con contenido falso diseñado no para engañar a humanos, sino para contaminar los datos con los que se entrenan futuros sistemas de inteligencia artificial. El objetivo es que la próxima generación de herramientas de IA herede sesgos y mentiras como si fueran hechos.
Un estudio del Oxford Internet Institute y el Hasso Plattner Institute descubrió que los grandes modelos lingüísticos modifican sistemáticamente el sentido de las publicaciones en redes sociales sobre temas controvertidos, incluso cuando se les instruye explícitamente para preservar el significado original. Estos sesgos sutiles, acumulados a lo largo de millones de interacciones, pueden moldear gradualmente la opinión pública sin que los usuarios perciban manipulación alguna. La desinformación ya no necesita gritar: le basta con susurrar de forma sistemática.
El impacto más profundo de la desinformación no se mide en clics, sino en la erosión de los cimientos sobre los que se construye la vida colectiva. Una encuesta del Pew Research Center realizada en 25 países revela que más del 70% de los adultos considera la desinformación en línea como una amenaza importante, una cifra que supera la preocupación por el terrorismo o la economía global. El Foro Económico Mundial la sitúa como el principal riesgo global a corto plazo por segundo año consecutivo.
Esa percepción tiene consecuencias tangibles. Un estudio del Consejo de Comunicación de Ecuador documenta cómo la infodemia durante la pandemia de COVID-19 tuvo un impacto diferencial sobre las poblaciones más vulnerables, con menor acceso a fuentes verificadas y mayor dependencia de redes informales de comunicación. Cuatro de cada diez personas se arrepienten de al menos una decisión sobre su salud basada en desinformación, según el barómetro de salud Edelman de 2024. Las noticias falsas sobre curas milagrosas, tratamientos sin base científica o vacunas no solo desinforman: pueden matar.
A ello se suma el daño a la cohesión social. Investigaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) advierten que la exposición a desinformación, combinada con alta polarización y baja confianza institucional, genera un ambiente propicio para la erosión del debate público y la reducción del pluralismo. La desinformación no solo nos engaña sobre hechos concretos: nos convence de que la verdad misma es inalcanzable, y esa duda es el terreno más fértil para el autoritarismo.
El daño económico de la desinformación es igualmente devastador y cada vez más cuantificable. Un estudio de la consultora francesa Sopra Steria, en colaboración con OpSci, estima que las noticias falsas y la desinformación causaron pérdidas globales de aproximadamente 417.000 millones de dólares en 2024, con un coste anual que se acerca a los 500.000 millones desde 2019.
El desglose de esas pérdidas revela la diversidad de los daños. Las reseñas falsas en plataformas de comercio electrónico representan la mayor fuente de perjuicio económico, con unos 227.000 millones de dólares anuales, más de la mitad del total. Los fraudes con criptomonedas, como el “pig butchering” (estafa de «matanza de cerdos»), causan pérdidas de unos 5.500 millones de dólares. Las plataformas sociales obtienen ingresos indirectos de contenido fraudulento por unos 16.000 millones anuales.
Pero el impacto va más allá de las estafas directas. La desinformación reduce el gasto de los consumidores al sembrar división social y desconfianza, y genera volatilidad en los mercados bursátiles. Un estudio publicado en Taylor & Francis encontró deficiencias estructurales en la presentación de informes ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) atribuibles a la desinformación algorítmica, con una discrepancia promedio del 42%. Las empresas toman decisiones basadas en datos contaminados, y los inversores reaccionan a narrativas falsas. El coste no es solo económico: es la distorsión de los mecanismos mismos de asignación de recursos en una economía global.
La evolución de las noticias falsas no es un fenómeno lineal ni un problema que se resolverá por sí solo. Cada avance tecnológico que amplía nuestras capacidades comunicativas amplía también las posibilidades del engaño. La inteligencia artificial generativa, que promete democratizar la creatividad, también democratiza la fabricación de mentiras convincentes.
Frente a este panorama, la respuesta no puede ser exclusivamente tecnológica. La detección automatizada de deepfakes es necesaria pero insuficiente. La regulación de plataformas es urgente pero fragmentaria. La verdadera defensa es cultural: una alfabetización mediática que enseñe a dudar con método, a verificar con rigor y a desconfiar de la emoción fácil. Como advierte un estudio de la Universidad de Antioquia, el reto no es solo distinguir lo verdadero de lo falso, sino comprender cómo y por qué se construye la desconfianza. Porque una sociedad que ya no cree en nada es una sociedad que puede ser convencida de cualquier cosa.
Tomado de Periódico 5 de Septiembre.

