¡Bien hace la naturaleza en dar a los hombres la seguridad de que serán trocados en seres alados, porque es tan terrible el momento de tránsito en que ya no se siente andar, ni se sabe aún volar, que pudiera el alma abatida, para no sentir este momento, desear volver a ser bruto!

                                                                                                                                                                                                           José Martí

 A la entrada del cementerio de Santa Ifigenia, bien cerca de las palmas, y de las nubes, hay una llama eterna que te roba el aliento, y de repente. Está al inicio de un sendero difícil de atravesar para los hombres ingratos, un sendero pintado con el sabor de la patria. La llama no se apaga. No puede hacerlo.

  Al final, se levanta, preponderante, un conjunto arquitectónico de 26 metros de altura en forma hexagonal, que desde 1951 custodia los restos mortales de José Martí. Y sorprenden las cariátides (de seis metros de alto y en posición hierática), que parecen mirarte, fijamente, velando tus pasos, tus palabras, tus pensamientos…, se elevan cual guardianas, representando las seis antiguas provincias de Cuba. En el interior, y en la misma posición de las figuras excelsas de mujer, se encuentran los escudos de estas provincias.

  Cada una de las cariátides posee características de los territorios representados. La perteneciente a Pinar del Río porta en sus manos una rama de tabaco; la de La Habana lleva el libro de control de la economía. Matanzas exhibe una lira y un pergamino por su distinción cultural. Las Villas, porta a la caña de azúcar, cultivo principal del país, y una mocha. Camagüey se levanta con el ganando ante sus pies; y Oriente descubre un pico, café y el cuerno de la abundancia repleto de frutas.

  Cuando uno va en busca del mausoleo, atraviesa una calle de mármol, tan recta como el carácter de Pepe. Está conformada por un conjunto de 28 monolitos, estos representan cada uno de los campamentos donde estuvo Martí durante su participación en la Guerra Necesaria. Contienen en su interior el nombre del campamento y un pensamiento del Apóstol.

  En la entrada del mausoleo, el pecho soporta poco tantas palpitaciones. Y cuando descubre la cripta funeraria, no hay pies que puedan quedar sin sucumbir. Dentro, descansa un cofre de bronce con las cenizas de Pepe. Soportando la caja: un puñado de tierra de todos los países de América. La forma pentagonal de la urna, permite que Martí repose justo debajo de la estrella solitaria de la bandera que los cubre. Frente, y con el brío eterno de sus propias palabras, tiene sobre su “losa un ramo de flores”. En los días de lluvia, el agua penetra por la escalinata del fondo y del frente, chocando en un punto intermedio que remite a Dos Ríos.

  La escultura de Martí, ubicada en el deambulatorio, es impresionante. Entonces uno quiere que hable, que mueva los ojos, que te escuche, que te mire; más no lo hace. Y uno vuelve a mirarla, a imaginar como hubiese sido tenerlo enfrente, y más hondo se hace el agujero en el corazón. Es totalmente blanca para simbolizar la pureza de los ideales del Maestro. Está de frente al este, así, cada mañana, observa en nacimiento del sol en el oriente cubano. Martí está sentado, escribiendo sobre su rodilla izquierda… no había mejor forma de representarlo.

  En la paz interior del recinto se encuentran los escudos de América, dispuestos en orden alfabético. El Nacional se haya en el centro, y sobre la cara de un pedestal. Y en la cúspide, por encima de los rostros de las cariátides, aparece un lucernario, el cual permite la entrada de luz natural durante todo el día. A determinadas horas, los rayos del sol se reflejan directamente sobre la urna funeraria de Martí.

  Desde el 19 de mayo de 2002, una guardia de honor permanente, ofrece homenaje, respeto, y la mayor de las reverencias por los restos de quien viviera y muriera para Cuba.

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