La esquina de Galeano y Neptuno, en la capital, ardió indeteniblemente. El fuego devoró al compás del tiempo toda La Época; y solo quedó un mar de cenizas negras que quizá se esparció, doliente, en el mar. Reynold González, uno de los saboteadores, aseguró tiempo después que se trataba de una “preparación psicológica” de la directiva de Washington. Las relaciones diplomáticas y consulares entre Estados Unidos y la Isla, se quebraron en los días sucesivos.

 Al año 1961, al de la Educación en Cuba, lo hirieron sin pausas. Sólidos preludios aparecían en las calles de las ciudades sin importar los horarios, y a pesar de la resistencia y apoyo del pueblo, los ataques continuaron sucediendo. El 5 de enero amaneció colgado a un árbol el cadáver de Conrado Benítez y la Operación Silencio lanzó sobre el Escambray decenas de armas para las bandas de alzados que cosecharon el terror durante algún tiempo.

Las noticias sobre una posible agresión norteña asecharon como nubes negras sobre los hogares, mientras Kennedy soltaba al leño 4 millones de dólares que servirían para financiar la invasión. La primavera se colocaba en el colimador y a la vez, maduraron todos los frutos a golpe de atentados. El almacén de tabaco Rothschild Samuels, de Dragones 108 también ardió; esa misma noche estallaron bombas en Villa Clara y La Habana.

Lázaro García Granados, miliciano, fue asesinado. Seis balas impactaron contra su cuerpo desde un auto en movimiento. Incendiaron vehículos públicos y en la Universidad de La Habana, sitio de reunión de cientos de jóvenes, cayó el techo de un automóvil debido al estallido de una bomba.

Por la época, Guatemala era un nido de mercenarios. Quince mil camisas eran procesadas diariamente para los entrenados. La cifra creció por semanas. Aeronaves violaban los cielos cubanos para lanzar propagandas contrarrevolucionarias en barrios capitalinos, y el mensaje incitador de violencia se repetía al descender. Para febrero, maniobras bélicas con un extendido programa militar, se pusieron en práctica en el Caribe. “Al asunto cubano y a la exportación de su revolución a América Latina”, el gobierno de Kennedy le daba alta prioridad.

Una profesora y siete alumnos fueron alcanzados por otra bomba. La Nobel Academy, situada en la Calzada de 10 de Octubre, expelió fuego por cada ventana. Los petardos en La Habana no cesaron, y mercenarios que intentaban desestabilizar el orden interno en las ciudades tampoco. El centro comercial Sumesa, del reparto Altahabana, también estalló. La fuerza expansiva pulverizó las vidrieras y los daños ascendieron a 2 mil pesos. En una tubería de San Julio y San Quintín, y en el Ministerio de Trabajo, dormían otras dos bombas.

 Para marzo del 61 la sospecha de la invasión dejó de serlo, el Wall Street Journal publicó: “No es un secreto que los estados Unidos están suministrando armamentos y equipos a los contrarrevolucionarios cubanos en las montañas del Escambray (…), y entrenando a mercenarios en la Florida y Guatemala”. El New York Herald Tribune, por su parte, anunciaba: “En las próximas semanas se realizarán invasiones simultáneas en diferentes puntos de Cuba”. En la base Retalhuleu el movimiento de aviones reapareció de maneras exageradas, y unos vuelos diarios a la Base Naval de Guantánamo continuaban vaticinando algún ataque.

La zona posible de la irrupción fue conocida en los días que siguieron, la zona pantanosa de la Ciénaga de Zapata era la más proclive. El Puerto Cabezas, en la costa Atlántica de Nicaragua, se levantaba como la base principal para la agresión. Abril llegó. Los talleres de las revistas “Verde Olivo” y “Vanidades” estallaron a mitad de la noche y otro explosivo fue colocado en los portales de la tienda El Encanto; para el 14 de abril el fuego terminó devorándola.

  Al día siguiente, aviones B-26 de la fuerza enemiga despertaron con proyectiles a Santiago de Cuba, La Habana y San Antonio de los Baños. Al mismo tiempo, otros invasores zarpaban desde Nicaragua hacia Playa Girón.

La medianoche dio sus propias voces de alarma al divisarse en el cercano horizonte varias luces que le resultaron sospechosas a quienes estaban en la zona. Un total de siete barcos llegaron a tierras cenagosas disparando constantemente.

Una escuadra del Batallón 339 de Cienfuegos estaba ya en Girón; ellos fueron los primeros en enfrentarse a las hordas invasoras. Las fuerzas cubanas se fueron movilizando a medida que avanzó la madrugada. Al finalizar el primer día, la Fuerza Aérea Revolucionaria, logró hundir 4 barcos y derribar 5 aviones enemigos.

 El día 18 el ataque avanzó hasta Playa Larga, pero fueron detenidos por las tropas rebeldes y distintos batallones que se incorporaban. Para el 19 fueron derribados un total de 12 aviones B-26 de los invasores y a los últimos enemigos se les hizo un cerco y se les fue capturando poco a poco (un total de 197 prisioneros).

En 72 horas lograron neutralizarse el total de los atacantes. La victoria repercutió muchísimo en los escenarios mundiales; era como si un mosquito hubiera derribado, en plena batalla, a un gran mamut.

Elaborado por la Dirección de Comunicación Institucional. UCf.  

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